Programa Alianza para la Justicia Económica
Involucrando a la Comunidad
Qué pide
Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante
tu Dios. Miqueas 6:8
Porque
tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui
forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me
visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí … De cierto os digo que en cuanto
lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. San Mateo 25:35-40
llamado bíblico a la justicia
En el
Antiguo Testamento, Miqueas y todos los profetas son muy claros: Dios quiere
que la sociedad sea justa. Según Miqueas, Dios “requiere” que hagamos justicia.
De forma similar, el Nuevo Testamento nos enseña que la justicia económica era
muy importante para Jesús. Sus parábolas tratan este tema extensamente. La
mayor parte del ministerio de Jesús estuvo dedicado a los pobres, a los
marginados y a los parias.
Como
cristianos estamos llamados a amar al prójimo, estamos llamados a hacer
justicia, promover la bondad y caminar humildemente con Dios. ¿Qué significa
esto en los Estados Unidos del Siglo XXI?
Cuando
hay millones de pobres a nuestro alrededor, estamos llamados a llevar a cabo
actos de misericordia, actos de bondad para alimentar, vestir, cuidar y darle
un hogar a los necesitados. Las Congregaciones y los individuos que las
integran responden a estas necesidades. Entendemos que nuestra fe cristiana nos
exhorta a donar dinero, alimentos, ropa y nuestro tiempo a los que más lo
necesitan. Nuestras iglesias albergan organizaciones sin fines de lucro,
programas para ayudar a quienes luchan con adicciones, bancos de alimentos y
comedores populares. Contamos con comités misioneros en la iglesia cuya misión
es financiar y proveer voluntarios a las organizaciones de caridad a nivel
local, nacional e internacional.
La necesidad de hacer justicia

También
estamos llamados a hacer justicia. Dios no quiere que los hambrientos tengan
que conformarse con un comedor popular, ni aunque se trate de un comedor
popular cálido, amigable y acogedor que sirva platos deliciosos. La caridad,
incluso en la mejor de las circunstancias, es denigrante. La gente que podría
estar cuidándose a sí misma y contribuyendo a la sociedad con sus talentos se
ve forzada a depender de los demás para cubrir sus necesidades más básicas. No
dudemos que la voluntad de Dios es que desaparezcan los comedores populares y
albergues para indigentes, ya que serían innecesarios en un mundo justo. El
reino de Dios, que buscamos establecer “en la tierra como en el Cielo,” es un
lugar en el que se valora y respeta a toda la gente, y donde todo el mundo
tiene la oportunidad de desarrollar el talento que Dios le dio.
Estamos
llamados a ser co-creadores, junto a Dios, de este nuevo mundo. Estamos
llamados a crear un lugar en el que cada ser humano tiene lo necesario para ser
la persona completa según exige la voluntad de Dios. En este nuevo mundo, cada
persona tiene la capacidad de contribuir a la sociedad y al mismo tiempo recibir
lo que necesita. Seamos co-creadores de un mundo en el que la justicia fluye
como el agua y elimina la necesidad de que exista caridad.
En
Estados Unidos y el mundo entero, existen inequidades plasmadas en reglas,
leyes y costumbres que determinan nuestro diario vivir (conocidas como
injusticias estructurales), crean pobreza y opresión para algunos, y
oportunidades de realización y abundancia económica para otros. Hacer justicia
significa reparar estructuras injustas y trabajar para eliminar las trabas que
dificultan el acceso a las oportunidades. Como escribió el teólogo de la UCC
Walter Brueggemann, “Hacer justicia es determinar qué le pertenece a cada quién
y devolvérselo.”
Si no nos
afectan las injusticias estructurales, entonces estas trabas nos parecen
invisibles. Cuando todo marcha bien en mi vida, es muy fácil pensar que se debe
a que lo estoy haciendo todo bien. Puedo caer fácilmente en la trampa de pensar
que mi buena fortuna se debe a que trabajo duro, mis destrezas, que sigo las
reglas, mi perseverancia. Pero cuando las cosas comienzan a ir mal –cuando me
quedo sin trabajo, no puedo pagar mi hipoteca ni las deudas de mi tarjeta de
crédito— entonces me pregunto, ¿qué hice mal? Tal vez no fue nada. Tal vez soy
víctima de un sistema que es injusto.
La buena
o mala suerte depende de mucho más que nuestras habilidades y ética laboral.
Existen muchos factores adicionales que influyen, tales como el país en el que
nacimos, quiénes son nuestros padres, nuestra genética, nuestras oportunidades
de educación; nuestra salud física, mental y emocional; el estado de la
economía en el momento en el que dejamos la escuela o la universidad y
conseguimos nuestro primer empleo; nuestra apariencia; e incluso el orden en el
que nacemos. En una sociedad en la que reine la justicia económica, estos
factores no influyen en las oportunidades de cualquier persona de vivir una
vida en abundancia.
Qué Podemos Hacer: Individualmente y a Nivel de Congregación
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Dentro de la Congregación: Conversaciones en Grupos Pequeños
De la Congregación a la Comunidad